GRECIA, SU DESTINO Y LAS CUENTAS PENDIENTES DE LA GLOBALIZACIÓN

por Gabriel Holand

LAS ETERNAS DIFICULTADES PARA RECUPERARSE. POCAS ARMAS DISPONIBLES PARA DEFENDERSE. LA DEUDA PÚBLICA, EN LA MIRA

Durante los últimos años la dificultad endémica que golpea a la UE radica en su incapacidad para prevenir los shocks económicos y poner a salvaguarda la estabilidad de sus países miembros. Y eso se agrava con el tratamiento y el destino dado a las personas refugiadas de Medio Oriente y África que ven al continente europeo como única alternativa para seguir con vida. Por tanto, se causan daños a grupos específicos de personas y también a naciones enteras (Grecia, Portugal, entre otras). En otras palabras, el bienestar percibido durante el primer tiempo de vida de la alianza es cada vez más relativo, salvo para sus socios más ricos, lo cual indica que hay mucho por hacer si se quiere consolidar esa unión de naciones.

Planteadas así las cosas, recrudecen las diferencias sociales mientras los países más fuertes (Alemania, Francia) sostienen que los problemas de sus aliados menos afortunados se deben, principalmente, a que demoran las reformas estructurales de sus economías que les permitirían volverse más competitivos y mejorar su calidad de vida.

Sin embargo, la realidad demuestra que esas naciones -Chipre, Estonia, Lituania, etc.- se encuentran expuestas a los shocks de la globalización. Además cuentan con menos armas para defenderse ante los prolongados períodos de bajo crecimiento o, ejemplos sobran, inesperadas fugas de capitales que devienen ante cada situación conflictiva en el mundo. Y dicho comentario inevitablemente lleva una y otra vez a la situación de Grecia, país miembro de la UE que se encuentra en una nueva encrucijada económico-social. Porque tiene poca disponibilidad de caja para hacer frente a sus compromisos financieros básicos y, por tanto, se hace muy difícil que pueda pagar el torrente de vencimientos que se acumulan para los próximos meses. Así que se acerca una nueva ronda de renegociaciones con sus acreedores con el fin de encontrar una rápida solución a ese problema. Y eso afectará en primer lugar a la población griega, que hizo y hará un fuerte ajuste a sus necesidades básicas sin encontrar, hasta ahora, mejoras en sus condiciones de vida.

Diferentes alternativas para enfrentar el problema

Es cierto que las deudas hay que pagarlas, claro que se pueden recorrer diferentes caminos para hacerlo. Uno de ellos es tomar el dinero de las reservas y cancelar la deuda, para lo cual, naturalmente, hace falta disponer de “resto” en el tesoro nacional acumulado en las buenas épocas, y ése no es el caso griego precisamente. Otra alternativa es implementar las famosas “medidas de austeridad”, como subir impuestos y recortar gastos de manera tal de liberar recursos para hacer frente a los compromisos, en general destinadas al fracaso. Pero quizá la mejor opción sea lograr que la economía crezca para destinar parte de la nueva riqueza generada a cancelar las obligaciones.

Por cierto que, si ninguna de las rutas mencionadas puede transitarse, siempre está disponible la posibilidad de postergar unilateralmente los pagos vía default. Pero, cualquiera sea la vía seleccionada, aquello que suena bien en la teoría muchas veces es de difícil implementación en la práctica. Si se habla de los ajustes, que vienen sea cual fuere la solución implementada, éstos resultan dolorosos. Por otro lado, las llamadas “reformas estructurales” generan a corto plazo baja del consumo y fuerte desempleo, sobre todo en los sectores de mayor edad y menos capacitados de la sociedad. Claro está que con todas esas alternativas críticas algo hay que perder. Por tanto, los gobiernos demoran su implementación y de esa forma, lamentablemente, suele llegarse a estados críticos agravando los males que, precisamente, quisieron evitar. Y por el lado de los acreedores, también es cierto, la generosidad y el pensamiento con sentido social en general están ausentes. Entonces se muestran renuentes a aceptar refinanciaciones sin que, a cambio, se implementen planes de recortes de gastos sociales con el fin de generar efectivo que les permita cobrar sus acreencias. Y normalmente la cuestión se dirime con el choque de todas estas alternativas y la implementación de planes que toman, en forma desordenada, un poco de cada una de ellas, lo cual lleva a generar mayor malestar y pobreza. Tal es el caso de Grecia actualmente, donde ni las personas mejoran su calidad de vida, más bien todo lo contrario, ni los acreedores logran recuperar su dinero aunque sí lograron comprarse empresas griegas a precio de remate. Además, después de las sucesivas refinanciaciones instrumentadas durante los últimos años, paradójicamente la deuda helena creció exponencialmente. Por todo eso se debilitaron las probabilidades de cobro de los acreedores así como también la expectativa de ingreso de nuevos capitales que refuercen la inversión y el crecimiento. Y eso conforma una sumatoria perfecta para mantener a todos descontentos. Mientras tanto, el FMI, como el ECB, supuestos componedores y árbitros del conflicto, lo único que consiguieron fue reforzar la percepción de su incapacidad para ayudar a encontrar una solución viable al dilema. Por supuesto que ante esta situación los grandes perdedores resultaron ser los ciudadanos, quienes, a pesar de soportar un severo plan de ajuste, para nada lograron siquiera un atisbo de bonanza al final del túnel. Y como colofón a lo planteado, el endeudamiento nacional en relación con el producto bruto hoy es considerablemente más alto que cuando se empezó el esfuerzo de austeridad. Mientras tanto, el desempleo hace estragos en toda la población económicamente activa. Todo eso lleva a que Grecia se encuentre mucho peor que otros países de la UE que estuvieron en crisis, como Irlanda o Portugal, pero que hoy se recuperan y vuelven a crecer.

¿Cuál es la diferencia entre esos casos? Que las medidas contractivas del gasto aplicadas a los griegos no reconocen precedentes en la UE y, parece, faltó analizar debidamente si las mismas ayudarían a mejorar o, por el contrario, a hundir al país.

La sensación personal es que el consenso europeo decidió castigar a los “derrochones y holgazanes”, como caso testigo, para asustar a quienes pensaran en recorrer un camino similar al de los helenos. De allí la severidad, casi perversa, de las medidas. Así las cosas, a los gobiernos e instituciones multilaterales de crédito, acreedores del 69% de la deuda griega, les convendría reconocer la inviabilidad de las decisiones que tomaron hasta ahora y replantearse cómo ayudar al país a salir del marasmo. Por lo tanto fijar un plan de reducción de pagos para acomodarse a las posibilidades de crecimiento del país parece la alternativa más conveniente.

Y quizás ese nuevo camino sea el único que deba recorrer la UE para socorrer a Grecia y, en definitiva, a la alianza misma.

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