¿Qué significa ganar y qué implica perder, cuando se trata de inversiones financieras?

Gabriel Holand es el autor de “Invertir y ganar es posible (aunque nadie dijo que fuera fácil)”, de reciente publicación.

En las oficinas de inversiones se suele escuchar “Quiero ganar el máximo posible, con el mínimo riesgo”. Y como podemos imaginar, eso es insostenible.

En el mundo de las inversiones se pueden conseguir algunos de los objetivos que se planearon, pero otros no… ya que resultan tan opuestos como usar dos corbatas al mismo tiempo.

Los ejemplos son múltiples:
– querer invertir en productos muy sofisticados, cuando el dinero no alcanza para el mínimo necesario;
– querer diversificar cuando, otra vez, el dinero resulta insuficiente para tanto;
– sostener que se quiere invertir en bonos de vencimiento a largo plazo porque se obtienen mejores tasas, pero a la vez estar ansioso por tenerlos líquidos, en el bolsillo, a corto plazo, por si aparece algún otro negocio en el cual invertir.

Claro está que los vaivenes de nuestras inversiones, y tal vez de otras áreas de nuestra vida, se mueven por dos sentimientos contrapuestos: codicia versus temor. La tesis que vamos a defender es la siguiente: ¿a qué llamamos, entonces, “ganancia”?

Llamamos así a lo que queda en nuestro bolsillo, a lo que no se vuelve a invertir y, por tanto, deja de estar sujeto a la volatilidad de los mercados. ¿Y cuándo podemos decir que perdimos? Solamente ante la quiebra de la empresa a la cual compramos acciones o bonos.

¿Qué significa esto? La lógica de esta postura denota que ganar “bien” implica obtener unos puntos más que el promedio del mercado. Y perder “menos”, con igual criterio, se verifica si nuestros números son un poco menos peores que los del resto.

Con eso debe alcanzar para felicitarnos, acariciar el ego y ponernos contentos por las buenas decisiones que tomamos o nos ayudaron a tomar. Porque la mayoría de los mortales, invertimos para conservar nuestro capital y ganar algunos puntos adicionales.

Como se entenderá, a quienes están pensando en volverse ricos a través de las inversiones financieras les sugiero que abandonen la idea de las recetas mágicas, que pueden prometernos mucho pero enseñarnos y redituarnos poco.

A la hora de medir el éxito de una inversión, importa tanto lo que se gana como lo que se dejó de perder, y las angustias que se pasaron hasta llegar a ese resultado. Y bien vale preguntarse: cuando invertimos, ¿qué queremos satisfacer?, y ¿en qué orden?

Por otro lado, usualmente, nos sentimos dubitativos por el desconocimiento y lo poco user friendly que suele ser el sistema financiero en cualquier parte del mundo a la hora de realizar operaciones de inversión.

Asimismo, en la actualidad de esa compleja constelación que forman bancos, brokers, casas de inversión, inversiones online, monedas sustitutas, etc., cohabitan dos alternativas: una que comienza a extinguirse y la otra que comienza a afirmarse.

En efecto, de una parte, están los salones con gruesas alfombras y algunos mármoles -símbolos muy desgastados de algún antiguo prestigio de supuesta solidez-, que paga el bolsillo de ese mismo cliente a quien muchas veces, y paradójicamente, le resulta difícil encontrar allí un asesor que lo escuche aunque sea por teléfono.

Y, por otra, están aquellos que eligen operar -o se ven obligados a ello- sus inversiones en forma remota, a través de los aportes de la tecnología, en los que existe la misma orfandad de contacto con especialistas que -lejos de aconsejar- al menos orienten acerca de cuál es el mejor camino a seguir para la persona que consulta.

Por último, declaro que a quienes manejen fondos – propios o de terceros – en los mercados de capitales, les conviene recurrir a asesores de inversión cuyos principales atributos comprobados sean la integridad y una idónea independencia de criterios.

Por eso, quien cumple dichas funciones es necesariamente depositario de confianza y, en una muestra de reciprocidad, debería percibir ingresos por su gestión sólo en caso de que su cliente obtenga rentabilidad en la cartera.

Finalmente, hay que recordar que, en épocas de crisis, gana el que menos pierde.

Publicado en Iprofesional el 26 de abril de 2014

 

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