UNA VEZ QUE APRENDEMOS A PESCAR QUEREMOS ALGO MÁS QUE PESCADO

Brasil incorporó 30 millones de personas a la clase media pero la calidad de la educación y salud resultan insuficientes. Parece ratificarse la sentencia: una vez que aprendemos a pescar queremos algo más que pescado.

Brasil, uno de los cuatro Bric´s, es desde hace años un país “modelo” que muestra un progreso permanente tanto en la faz económica como en el aspecto social.

Sin embargo, o tal vez debido en parte a ello, también enfrentará durante los próximos años el dilema de cómo repartir los recursos escasos o, en criollo, de cómo acomodar la frazada corta.

Y sin duda, las estrategias que apliquen nuestros hermanos del norte –próximo- tendrán impacto en Argentina.

Brasil tiene una serie importante de razones para sentirse orgulloso de su evolución social y económica de los últimos años, porque la última década de crecimiento sostenido le sirvió para generar, y repartir mejor, riqueza entre su población, como nunca antes se vio en la historia de esa nación.

En ese sentido, un buen dato lo brinda la tasa de desempleo que en Brasil calcula el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE).

Tal medición basa su análisis en las seis mayores áreas metropolitanas del país, es decir en las zonas de San Pablo, Río de Janeiro, Salvador, Belo Horizonte, Recife y Porto Alegre.

Por tanto, y aunque queden prácticamente fuera de compulsa las ciudades más pequeñas como así también las zonas rurales, el indicador de desempleo representa un importante termómetro para conocer el estado de la economía brasileña.

Y ese índice, en el país hermano, muestra positivos avances durante los últimos años.

De esa manera en el mes de abril de 2011 el porcentaje de personas sin trabajo alcanzó al 6,4%, una baja tasa que marcó un record para la historia brasileña.

Por lo tanto, de la mano del mayor empleo y los estímulos monetarios gubernamentales, se vive un boom de crédito que da lugar a mayor consumo. Y de esa manera amplios sectores de la población abandona la pobreza y se incorporan a la clase media-baja brasileña.

Tengamos en cuenta que en Brasil, históricamente, el 10% más rico de la población se llevaba el 50,6% del ingreso, mientras que al 10% mas pobre solo recibía el 0,8% de la riqueza económica.

Y esa situación parecería empezar a modificarse últimamente, lo cual es definitivamente bueno para la mayoría de los brasileños.

Por supuesto existen sectores brasileños que-al igual que en Argentina- sobrevaloran el “viento de cola” que genera el aumento en el precio de los commodities, como causa sustancial a la cual atribuir las mejoras logradas por nuestro socio de MERCOSUR.

Pero allá-tal como aquí-los buenos resultados vinieron también de la mano de la instrumentación de políticas públicas saludables, en muchos aspectos.

Brasil, que años atrás generó la crisis del efecto “caiphiriña”, sin embargo supo mantener durante la última década un envidiable nivel de estabilidad y desarrollo, lo cual le permitió surfear sin mayores inconvenientes tanto la crisis del año 2008 como el actual reflujo del mercado de capitales global.

Por cierto que existe el riesgo de marearse con tales logros, sobre todo en momento que la economía brasileña muestra signos inequívocos de recalentamiento.

Por lo cual uno de los principales desafíos en la agenda de la presidenta Dilma sería encontrar las herramientas para afianzar el crecimiento en el largo plazo y transformarlo, definitivamente, en desarrollo sustentable.

Y esto más allá del reciente “efecto Palocci” que, en poco tiempo, será simplemente una anécdota desde el punto de vista económico.

Por lo dicho creemos que a Brasil se le acerca el momento de enfrentar algunos problemas en ciernes, que ya parecerían tornarse riesgosos.

Por ejemplo el de la inflación creciente, que siempre castiga más a los sectores de ingresos fijos, y que alcanzó al 6,5% anual.

Y, aunque en estas pampas saludaríamos un índice de esa magnitud, en cualquier país del mundo un índice de esa magnitud preocupa seriamente.

En ese sentido, y según algunos analistas, la expectativa de mayor inflación ya estaría instalada en amplias franjas de la sociedad brasileña.

Por lo tanto sería de esperar que los sectores asalariados de la economía refuercen sus reclamos por mayores ingresos y, con tan bajo índice de desocupación, la puja redistributiva volvería a mostrarse sobre el tapete.

Así que, a corto plazo, habrá que encontrar alguna solución a ese dilema.

 

Un riesgo evidente

Durante los últimos años el flujo de capitales financieros internacionales hacia el Brasil resultó incesante.

Y buena parte de esos fondos se dirigieron al mercado de capitales, a fin de aprovechar la jugosa renta proveniente de la sumatoria de obtener una alta tasa de interés por las inversiones ( tasa sélic hoy a 12,25%) más la apreciación constante del real durante los últimos meses, lo cual amplificó la renta financiera medida en dólares estadounidenses.

Y esa estrategia, si bien dio oxigeno financiero a el estado y las empresas financieras, también empujó el valor del real a valores difícilmente compatibles con el crecimiento de las exportaciones de bienes brasileños, mas allá de los commodities.

Por lo tanto equilibrar ese mix, que permite a la economía brasileña proveerse de fondos sin caer en un achique de recursos monetarios genuinos, es tarea difícil.

Las soluciones a la vista

Para aquellos economistas de visión más ortodoxa, las herramientas a aplicar para aventar los riesgos existentes son más que conocidas. Y tienen como eje cuidar el déficit fiscal y poner en caja a la inflación ya que, consideran, esos caminos serían los más beneficiosos a largo plazo.

Por lo tanto lo primero que sugieren es achicar los estímulos monetarios.

Es la conocida cadena por la cual si existe menos dinero en el mercado, obviamente y aunque se exprese con otras palabras, se consumirá menos y por tanto bajará la inflación.

En síntesis: son aquellos que sostienen que enfriar un poco la economía está bien, aunque lo dicen de otra forma, concientes que la palabra “ajuste” tiene mala prensa hoy día.

E indudablemente, para algunos actores, un menor ritmo de desarrollo del mercado interno podría ser beneficios, sobre todo si ello ayuda a bajar los costos saláriales y mejora la competitividad exportadora de la economía.

Pero tal vez esa realidad resultara poco satisfactoria para la mayoría de los brasileños- o argentinos se podría agregar-, y menos aún para el desarrollo del país a largo plazo, dado que aún existen enormes franjas de la población en condiciones de pobreza.

Y esos actores sociales conforman un formidable mercado de potenciales consumidores, apenas tengan la posibilidad material de sumarse a la cola de los supermercados y negocios de ventas de productos electrónicos.

Porque, para quienes sostienen otra línea de pensamiento distinta a la ortodoxa, las alternativas existentes para resolver los problemas de recalentamiento de la economía se basan sobre todo en aumentar los volúmenes en inversión productiva, y en una mayor integración económica regional que permita aprovechar las ventajas de intercambio entre los países de MERCOSUR/UNASUR.

Y esas ideas se encuentran en las antípodas de querer “enfriar” la economía.

Y, si hace falta, preguntemos a griegos o españoles, a ver qué opinan

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