PREPARARSE PARA EL BAILOUT EN ESPAÑA

Ya quedan pocas  dudas que España necesitará el urgente salvataje financiero que le permita obtener fondos frescos sin la necesidad de desembolsar las impagables tasas de interés que le exige el mercado para otorgarle algo de crédito.

Por otra parte será imposible avanzar con cualquier plan de ayuda sin tapar de alguna manera los gruesos quebrantos del sistema bancario de ese país. En ese sentido el rescate de Bankia marca el camino para que otras entidades bancarias españolas reciban la ayuda oficial.

Y corresponde aclarar que, a esta altura de los acontecimientos, dejar caer al sistema financiero español solo empeoraría-más aún si se puede- el estado de cosas de la economía ibérica-y de toda Europa- acosada por el desempleo y la fuerte contracción de la actividad económica.

Para entender dicha urgencia basta con recordar que hoy la calidad crediticia de las carteras bancarias españolas continúa en caída libre por los créditos morosos e incobrables que registra.

Y por  ello el sector financiero necesitará contar con  100 a 250 mil millones de euros para recapitalizarse solamente para mantener el ratio del 9% de capital básico exigido por las autoridades bancarias europeas.

Y la pregunta que surge, además de rogar que el público español mantenga su dinero en el sistema, es quien les proveerá semejante cantidad de fondos cuando las expectativas de la economía ibérica van de mal hacia peor.

Más aún, se duda sobre la  capacidad  de los propios bancos españoles para retener en sus carteras la deuda soberana nacional en medio de la baja de calificación de la misma y el creciente retiro de depósitos-léase fuga de capitales- de empresas y particulares.

Así que la única alternativa que se vislumbra para el país, en ausencia de  los mercados de capitales privados, es recibir ayuda de los organismos de crédito de la Unión Europea en forma inmediata y como inyección de liquidez directa.

Pero, para variar, Alemania se opone fuertemente a implementar la asistencia en dichos términos porque, dice, eso significaría renunciar a los principios de disciplina monetaria que rigen en la Alianza y además marcaría una excepción frente a los requisitos impuestos a otras naciones que presentan similares problemas.

Así que de hecho ningún plan de ayuda existe hasta ahora. Y sin duda a medida que el tiempo pasa cualquier vía de asistencia futura resultará más costosa y, además, se enfrentará a daños mayores.

Además, y aunque existiera un plan de socorro al estado español, las condiciones bajo las cuales los organismos europeos suelen otorgarla bien pueden matar al paciente. Porque la receta clásica es exigir más recorte de gasto público y aumento de impuestos a cambio de dinero, es decir exactamente lo contrario que necesita una economía acosada por la recesión y el desempleo.

Luego si a la caída de la actividad económica se le agregan nuevos recortes de recursos lo que se obtiene, lógicamente, es aún menos producción y consumo.

Por lo tanto, y según los criterios macroeconómicos por los cuales se rige actualmente la alianza comunitaria, sería ocioso esperar de ella otra cosa más que pedidos de mayor control de gasto y menores subsidios al consumo de la población.

Probablemente entonces, y  a fin de generar algo de credibilidad que le permita obtener fondos a tasas razonables para financiar su deuda soberana, España necesite ajustar su balanza comercial. Esto quiere decir básicamente importar menos de lo que exporta y de esa forma conseguir algunas divisas para aliviar sus cuentas.

Pero a largo plazo tal herramienta resulta harto insuficiente para consolidar una posición exportadora. Para ello necesitaría poder devaluar su moneda, algo imposible de lograr en forma unilateral mientras cuente con la moneda euro.

Como puede apreciarse la actual situación española, sobre todo en los quebrantos del sistema financiero local tanto como a su falta de credibilidad, trae reminiscencias de los acontecimientos que sucedieron tanto en Grecia y Portugal.

Y a pesar que los planes de ajuste en esos países generaron mayor contracción de la actividad productiva, por lo cual requirieron más asistencia de fondos, de todas formas la misma receta pretende utilizarse en la península ibérica.

El problema es que, si en España se repiten los resultados negativos que se observan las otras dos naciones, el efecto contaminante de la crisis tomará una intensidad difícil de mensurar. Dicho de otra manera Grecia y Portugal representan menos del 2% del PBI de la Unión Europea, pero el tamaño de la economía española es cuatro veces más grande que aquellas.

Y sin dudas los políticos en Bruselas conocen los riesgos a los que se someten, por lo cual probablemente algún tipo de ingeniería financiera implemente para acercar al gobierno en Madrid.

Pero difícilmente cambien su libreto e insistirán con recetas de ajuste y achique de la economía por todo lo cual, a mediano plazo, el destino de la zona euro parece más que dudoso.

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