EUROPA. LOS RIEGOS REAPARECEN

Para los mercados Europa está nuevamente al borde del desastre.

A juzgar por los últimos acontecimientos la UE en vez de mejorar con la aplicación del ajuste fiscal, o precisamente por ello, agrava su enfermedad.

Y ese es el resultado de  ocultar bajo la alfombra la histórica falta de integración de los socios de la alianza que, por otra parte, Alemania enfría de todas las maneras posibles.

En consecuencia el billón de euros que el BCE derramó sobre la eurozona cuál pócima milagrosa resulta insuficiente para pensar que “lo peor ya pasó” porque, lógicamente, las dificultades están lejos de poder  arreglarse solo con dinero.

Puesto que  las angustias reaparecen en España donde el gobierno sobrepasó largamente su objetivo de déficit del año pasado.

Y peor aún. El ajuste fiscal previsto para el corriente  por más de 27.000 millones de euros apenas si cubre el 93%  del monto de intereses por préstamos que deben pagar los españoles.

Así mismo en Italia el Primer Ministro Mario Monti expresó el temor que las dificultades de su país se agraven por la debilidad creciente de los hispanos, además Portugal e Irlanda están en franca recesión mientras Grecia ya sugiere que necesita un nuevo paquete ayuda financiera.

Por lo tanto, y ante el oscuro panorama presente, muchos proponen revitalizar en forma rápida y sólida las arcas de los fondos gubernamentales de rescate.

Entonces el pasado 30 de marzo, durante la última reunión informal de ministros de economía europeos, se propuso incrementar las disponibilidades del fondo Europeo de Estabilidad Financiera de 500 billones de euros a 740 billones de euros.

Otra vez, como si solo con dinero se pudieran resolver los problemas.

Pero además Alemania, antes de abrir nuevamente la billetera, prefiere exigir a los estados pobres mayores ajustes a su economía.

Sin embargo tal deseo resulta difícil de convertir en realidad si se piensa, por ejemplo, que en  algunas zonas de España y Grecia el desempleo llega ya al 50%.

Por esa razón lógicamente peligran las nuevas metas de ajustes fiscales comprometidas por los 25 gobiernos de la Unión Europea acerca de apretarse más el cinturón.

Más aún. Irlanda decidió someter tal decisión a un referéndum que se llevará a cabo el próximo 31 de mayo. Y el candidato socialista a la presidencia de Francia-Françoise Hollande- quiere renegociar los contenidos de dicho pacto y poner mayor foco en crecimiento que en  ahorro de gastos.

Y hasta en la misma Alemania el Partido Socialista, hoy en la oposición, pretende algo similar al candidato galo. Mientras tanto en Holanda el  Partido del Trabajo (Labour Party) tratará de bloquear la ratificación del plan de recortes que alcanza al 3% del PBI.

¿Que esperar a corto plazo?

Seguramente entonces, y aunque se resuelvan todas esas contradicciones, el futuro del euro se mantendrá incierto.

Porque incluso si se ratificara el paquete que propone mayor austeridad, y el Fondo de Rescate dispusiera de mayor cantidad de fondos de auxilio financiero, nuevamente se estarán atacando los síntomas del problema en vez de acometer contra las causas de fondo.

Y esas dificultades reconocen al menos tres características. En primer lugar la falta de crecimiento económico, luego la irresuelta crisis bancaria y también las dificultades para hacer frente a los pagos de las deudas soberanas.

Tres complejos temas que se enuncian por separado pero que tienen una relación indudable entre sí.

El viejo problema

Quien olvida la historia está condenada a repetirla” reza la antigua sentencia, demasiado repetida en algunos textos de autoayuda.

Pero, a juzgar por los resultados, es mucho más fácil evocar el proverbio que aplicar su enseñanza.

Así que en la UE las actuales tribulaciones son en buena medida “más de lo mismo”, es decir la integración parcial y desigual de las economías entre los socios de la alianza.

Porque los 25 países  signatarios dejaron de lado viejas herramientas económicas individuales  en pos de su relativa unidad, como la alternativa de devaluar sus monedas y establecer políticas monetarias independientes.

Pero además otra arista conflictiva, que por alguna razón rara vez se menciona, la constituye el excesivo endeudamiento que tomaron  muchos países para financiar su déficit comercial. Es decir para comprar productos a las naciones más desarrolladas de la UE en vez de producirlas por sí mismos.

Y ese desmesurado déficit que se contrajo, sumado a la decisión política de afrontar los pagos correspondientes, impide a muchos gobiernos encarar mayores estímulos fiscales para atender las necesidades de sus ciudadanos.

Además tampoco pueden corregir su balanza comercial con las llamadas devaluaciones internas, eufemismo macroeconómico que disfraza el real significado de disminuir los salarios y precios con el fin de hacer más competitivas las economías.

Es decir que bien valdría la pena reactivar la producción y el consumo en algunos países, aún a costa de tolerar  un poco más de inflación.

Pero como el Banco Central Europeo está resulto a mantener el crecimiento de los precios en toda la eurozona en el  2% una devaluación interna podría profundizar la recesión e incluso, antes que generar empleo, llevar a la depresión económica.

Por otro lado aunque algunas de las naciones en problemas redujeran salarios, y aumentaran los impuestos al consumo (IVA) para desalentar importaciones y así mejorar su déficit, igual haría falta que los países con superávit hicieran  exactamente lo opuesto.

Eso quiere decir que los más ricos deberían incrementar los sueldos para generar mayor poder adquisitivo, encarecer su producción interna y también establecer otras medidas fiscales que favorezcan las importaciones desde las economías más pobres.

Para ello haría falta que el ECB convalidara un piso de inflación más alto, especialmente en Alemania, y a la vez declarara que avala todas las deudas soberanas de sus países miembros.

También se requeriría que  el Fondo Soberano Europeo de rescate financiero capitalice a los bancos insolventes.

A su vez, la cereza de la torta, sería que Alemania aceptara disminuir sus ahorros externos y estimulara las compras a los socios comunitarios que necesitan mejorar su balanza comercial.

Pero todas esas medidas tienen un obstáculo que hasta ahora resulta insalvable: la política alemana.

Porque Alemania desea que los países se disciplinen fiscalmente antes que aumentar sus  responsabilidades y ni hablar de poner en riesgo la competitividad, o  permitir mayor inflación que le haga recordar viejas pesadillas históricas.

También los germanos niegan la posibilidad que el BCE imprima más dinero o se creen nuevos eurobonos.

Entonces todo el discurso del gobierno alemán acerca de que desea la “unión fiscal” se queda solo en palabras.

Por lo tanto si se quiere salvar al euro y la UE, en vez de  aplicar la política cortoplacista del más fuerte, la canciller Merkel debería encargarse de liderar el avance en una verdadera integración europea lo más inclusiva posible.

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