ESTRATEGIAS DE INVERSIÓN PARA AFRONTAR EL AÑO QUE COMIENZA

Las perspectivas para el año que llega señalan que, en gran medida, el panorama será prácticamente el mismo que el vivido durante los últimos doce meses. Es decir, algunas regiones del planeta lucharán para evitar la recesión, mientras que otras crecerán muy poco.

La excepción a ese cuadro probablemente se encuentre sólo en los llamados países emergentes.

Por lo tanto, lo que puede esperar el inversores global es recibir ingresos que –en el mejor de los casos– igualen o apenas superen la inflación global. La suerte dependerá de los activos financieros en los cuales deposite su dinero.

La clave de ese panorama de escasez radica en que el crecimiento de la economía global durante el 2012 será, en promedio, menos que magro. Porque, lejos de ser un secreto, la crisis en el mundo se mantendrá y probablemente se acentúe aún más.

Así, la débil actividad productiva, los riesgos para el sistema financiero global y los temores de mayor paralización en Europa marcarán el inicio de una peligrosa nueva etapa de fragilidad en la economía y los mercados. Sobre todo porque el crecimiento global continúa ahogado por el exceso de endeudamiento público, que impide pensar en tomar nuevos créditos para producir o consumir en forma creciente.

En ese sentido, cabe recordar que el nivel de deuda que mantienen los Estados, las familias y empresas –sobre todo en el mundo desarrollado– se duplicó durante los últimos diez años, y pasó de representar el 32% de la producción económica global en el 2000 al 63% actualmente.

Ese mayor uso de las líneas de préstamos fue el factor que empujó hacia arriba el crecimiento del consumo global pero, ahora, con la pérdida de empleos en el mundo y la menor generación de riqueza, llegó la hora de pagar la factura por años de gastos excesivos y mal dirigidos.

Dicho de otra manera, tanto el sector privado como el público –sobre todo en el llamado Primer Mundo– se encuentran con un cúmulo de deudas que no pueden pagar. Por lo tanto, se hace indispensable vivir más con lo propio y menos con los recursos ajenos.

Eso implica comprar menos y, aún más, desprenderse de aquellos activos que cuestan sostener. Eso en finanzas se llama deleveraging (desendeudarse). Por eso, la vieja receta de crecer a costa de tomar dinero bancario resulta, por el momento, inviable. Esto implica que el crecimiento de la economía del mundo será débil, y por un buen período de tiempo.

Hechos. Ya pocos ignoran que Europa enfrentará un período directamente recesivo, que probablemente será corto para Alemania y Francia, pero mucho más marcado para los llamados países periféricos de ese continente. Porque los problemas de deuda soberana que comenzaron en Grecia ya golpean a Irlanda tanto como a Italia y a España.

Seguramente Grecia irá a default y Francia perderá su calificación “AAA”, al igual que Alemania; mientras tanto, Italia ya paga tasas insostenibles del 6/7% para conseguir algo de dinero en los mercados.

En este contexto, el Banco Central Europeo, de quien inútilmente muchos esperaron que actuara como banquero de última instancia, ya dijo claramente que de ninguna manera rescatará a un gobierno que omita hacer los deberes de ajuste y reformas fiscales que conduzcan al achique de los gastos públicos.

Y por el lado de los Estados Unidos, a pesar de la expansión monetaria y las favorables expectativas de algunas empresas, la economía apenas –y con suerte– crecerá un 2 por ciento. Para superar ese magro dígito haría falta que los ingresos de las familias mejoraran sustancialmente, lo cual es difícil que suceda con un desempleo estructural alto y créditos hipotecarios que superan el valor de los inmuebles cuya compra financiaron.

“Tanto peor, tanto mejor”, decía Mao, y algunos políticos opositores del Capitolio estadounidense hacen honor a ese concepto. Por lo tanto, la lucha por posicionarse para las próximas elecciones bloquea cualquier posibilidad de consenso para instrumentar siquiera mínimas políticas que mejoren el cuadro descripto.

Entonces, la aprobación parlamentaria de algunas leyes que bien pudieran propender a la creación de empleo o revitalizar al sector inmobiliario –por ejemplo prorrogar los beneficios impositivos a los salarios– parecen una gesta imposible de concretar exitosamente en estos días.

Pero hay mejores noticias, y éstas provienen de las que algunos llaman naciones emergentes. El crecimiento que se espera para ese conjunto de naciones promedia el 6%, con lo que pasarán a ser los compradores de más del 50% de las mercaderías que se transan en el comercio internacional.

Por supuesto que igual sufrirán la crisis del mundo desarrollado, especialmente si Europa y los EE.UU. empeoran aún más, porque eso atacará el precio y la cantidad de commodities que ellos demandan.

Pero aun así, y por primera vez en muchas décadas, se incumple la sentencia de que cuando los países ricos se resfrían los más chicos contraemos neumonía.

Lecciones. Sobre todo los Estados Unidos, pero también en mucha menor medida Europa aplicaron planes de cierto relajamiento monetario y fiscal para amortiguar los efectos de la crisis.

Sin embargo, los resultados que se obtuvieron fueron más que pobres en términos de mejorar el nivel de empleo o ampliar la producción y el consumo de bienes.

Para algunos, la cantidad de dinero que los bancos centrales volcaron al mercado, vía compra de bonos o beneficios fiscales, fue insuficiente, y harían falta mayores volúmenes de ayuda para que las cosas mejoraran.

Para otros carece de sentido aumentar la compra de bonos soberanos (en Europa) o un nuevo plan de facilidades quantitative easing en los EE.UU. para que 
circule más dinero en la calle, porque esos nuevos recursos sólo servirían si con ellos se generara mayor crecimiento económico, en vez de quedarse en los tesoros de los bancos.

Por otra parte, la emisión de mayores volúmenes de deuda soberana implicaría, por ejemplo para Italia o Portugal, la obligación de pagar más intereses que en la actualidad y a tasas incompatibles con sus economías.

Así que, sólo con mayor crecimiento productivo, los acreedores pedirían menores primas de riesgo para otorgar nueva financiación y, además, se generarían recursos fiscales para cancelar los nuevos compromisos que se contraigan.

Sin embargo, por ahora los fondos de ayuda con que cuentan los países desarrollados van a parar a cualquier lado menos a la producción y el consumo. Por lo tanto, los problemas del bajo crecimiento parecen estructurales en vez de cíclicos, y éstos sólo se resuelven con políticas de Estado acordes en vez de bajas espasmódicas de tasas de interés.

Tampoco ayuda la creación de mayor masa monetaria, porque los consumidores, temerosos acerca de si podrán mantener sus empleos, prefieren ahorrar antes que gastar.

Qué hacer con las inversiones. Si se espera un cuadro recesivo, o de poco crecimiento económico, sería poco razonable creer que el precio de las acciones podrá mejorar en los próximos meses. E igual análisis cabe para los commodities, excepto aquellos que se puedan considerar como valor de refugio frente a la crisis.

Además conviene recordar que la inflación en las mayores economías también muestra ritmo creciente, así que tal vez la mejor alternativa sería buscar rendimiento de tasa de interés en bonos corporativos o soberanos que ajusten por inflación, a plazos de entre 1 y 10 años. O, en el mismo sentido, acciones de empresas blue chips (primera calidad) que paguen dividendos casi fijos.

Por supuesto, que nadie espere rendimientos del 5% como hace algunos años pagaron los Bonos de Tesoro estadounidense.

En fin, dirían algunos, mejor conformarse con poco. Porque la mitad de nada es, precisamente, nada.

Publicado en Diario BAE el 22 de diciembre de 2012

 

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