LA CRISIS EUROPEA DESAFÍA A LA ECONOMÍA CHINA

por Gabriel Holand

El agravamiento de la crisis en Europa, y la persistente fragilidad de la producción y el consumo en EUU, hacen que todas las miradas se dirijan a China con la esperanza que el crecimiento del gigante alivie el débil crecimiento de la economía global que se pronostica para 2012.

Mientras tanto Beijing, y en particular el fondo soberano China Investments, sigue atentamente las acciones que emprenden los europeos para salir de su crisis política, económica y financiera.

Y dichos acontecimientos son de suma importancia para los chinos, toda vez que Europa es el mercado que más productos les compra y por lo tanto mueven la aguja de la balanza comercial en el país asiático.

Además el gobierno de Hu Jintao es consiente que un agravamiento en las condiciones en la Unión Europea podría impulsar una recesión global.

Dicho de otra forma, si la economía del mundo decae todos los clientes de Beijing podrían reducir sus compras, sin medias tintas.

Vale recordar que las exportaciones chinas a Europa, tanto como al resto del mundo, sufrieron un fuerte recorte en al año 2009.

Por eso los chinos se apresuraron a contrarrestar el efecto negativo de tal situación mediante un importante refuerzo de la inversión interna, todo ello con el fin de alentar la creación de nuevas fuentes de trabajo alternativas e impulsar el consumo doméstico.

Y durante los últimos dos años, con escasa suerte, esperaron que la economía europea se recuperara y volviera a comprarle productos con el vigor de antaño. De esa manera Beijing pensó mantener su ritmo de crecimiento y enfrentar sin riesgos la transición política interna que tendrá lugar en el año 2012.

Pero, a pesar que durante el año 2010 el flujo de exportaciones mejoró un poco, aún las ventas de manufacturas asiáticas al continente europeo se encuentra lejos de los niveles de cuatro o cinco años atrás.

Y la mala noticia es que, a la vez que las ventas al exterior disminuyeron en relación a los años “dorados”, las importaciones aún se mantienen altas. Y eso último resulta entendible al recordar que China depende de sus compras al exterior en rubros tan sensibles como alimentos y combustibles.

Así mismo los precios internacionales de esos commodities se elevaron en forma sustancial durante los últimos años, mientras que la demanda de insumos creció para alimentar las inversiones internas.

Entonces Beijing, que poco puede hacer para impulsar agresivamente sus ventas en el mercado internacional, se vio obligada a comprar petróleo y comida cada vez más caros en términos relativos.

Vale recordar que las exportaciones de bienes y servicios chinos, que representan un 39,7% de su Producto Bruto Interno, aumentaron a un 17,9% anual hasta el mes de junio de 2011, por debajo del 18,6% previsto por su presupuesto nacional.

Y ese menor volumen de ventas al exterior implicó que el tesoro chino redujera sus ingresos en USS7.000 millones

Mientras tanto las importaciones también se achicaron, pero casi un 6% menos que los que se esperaba.

Para decirlo de otra manera, el ingreso de divisas por exportaciones creció a un ritmo más lento que lo deseado y los pagos al exterior se redujeron en forma insuficiente según las necesidades.

En síntesis, la crisis global impactó a los chinos en forma más importante de la que esperaban y, por lo tanto, tuvieron que abocarse sin demora a apurar el desarrollo de su mercado interno

Porque, vale recordar, que el eje político de los países asiáticos se basa en el crecimiento permanente de sus economías.

Entonces, si las exportaciones caen, de inmediato requieren reemplazar las fuentes de trabajo y los ingresos con inversión interna.

En ese sentido la historia enseña que cuando el desempleo chino excede el 7%, los conflictos sociales se agudizan y generan graves consecuencias en las relaciones entre el gobierno y los ciudadanos.

Por otro lado basta tomar en cuenta que unos 300 millones de ciudadanos chinos se encuentran plenamente incorporados a la parte más activa de la economía de su país, cercana a los centros urbanos.

Y ello deja afuera del reparto de riqueza a 1.000 millones de personas.

Por ende, geográficamente, los conflictos y la consecuente represión a los mismos provienen de las regiones campesinas alejadas de las zonas costeras que cuentan con mayor desarrollo.

Entonces los chinos trataron durante los últimos años de potenciar la mayor urbanización de la sociedad.

Porque las personas que se mudaran a los centros de producción, mejores posibilidades tendrían de convertirse en nuevos demandantes de productos.

Por lo tanto agilizar tal migración campo-ciudad ayudaría a distribuir mejor la riqueza y aumentar el consumo interno.

Y eso redundaría en menor dependencia económica de los mercados externos, es decir de las exportaciones.

Entones ese impulso migratorio coincidió, lógicamente, con mayor inversión en viviendas y servicios, lo cual ayudó a la construcción de la burbuja inmobiliaria dentro del tigre asiático.

Así las cosas, el dinero para los emprendimientos en la industria de la construcción provinieron de las arcas oficiales, pero también de los ahorristas de las ricas ciudades costeras y de las empresas.

Los primeros trataron de mejorar sus ingresos con una renta que se considerada segura, mientras que las corporaciones encontraron un negocio atractivo al endeudarse a tasa barata para incorporar metros cuadrados de construcción a su patrimonio.

Y, debido al alza en el valor de las propiedades, muchos se endeudaron a tasa barata para realizar nuevas compras o, las empresas, para usar el dinero en su actividad específica.

Así se llegó a una situación paradojal.

Porque los esfuerzos por construir una sociedad más urbanizada impulsaron la construcción de mayor cantidad de viviendas.

Pero quienes necesitaban adquirirlas muchas veces se veían impedidos de hacerlo dado el alto costo de las mismas.

Por lo tanto la crisis europea, con la consecuente caída en las exportaciones de Beijing, puso en primer plano algunos problemas que el gobierno chino conocía pero lograba disimular.

Porque ya no puede retrotraer el nivel de vida de la población a las épocas de menor desarrollo, y tampoco retrasar los cambios políticos.

Así que China necesita más dinero para mantener la expansión económica, para lo cual las divisas que ingresan por exportaciones resultan insuficientes.

Y todo ello constituirá quizá el principal desafío a enfrentar para quien tome las riendas del poder en Beijing en el año 2012.

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