Algo cambió, todo cambió: el impacto financiero del “11-S” y por qué el atentado le dio vida a un “nuevo” Wall Street

por Rubén Ramallo

El mundo empresario y todos los mercados se paralizaron tras el atentado. Nueva York cerró las persianas por cuatro días. Y, a partir de entonces, la forma de operar cambió radicalmente. ¿Qué conexión une a la caída de las torres con el colapso de hipotecas subprime?

Nadie podrá olvidar las imágenes y sensaciones de aquel 11 de septiembre de 2001.

Ese martes, cerca de las nueve de la mañana, comenzó en pleno Nueva York el peor de los atentados ocurridos contra Estados Unidos desde Pearl Harbor.

“Entré en mi oficina pocos instantes después de que el primer avión impactara y dije: “Atentado”.
Me respondieron: “Las autoridades no han informado eso”, comenta un testigo directo del ataque, Gabriel Holand, de HR Global, a iProfesional.com.

“Con el segundo choque, aún sin información oficial, quedaban pocas probabilidades de que fuera un accidente. Luego se informó por la tele quién había sido el “cerebro” autor del ataque”, agrega Holand.

Para ver su testimonio completo, clickee aquí.

A partir de ese mismo instante el caos se apoderó del sector financiero.

La velocidad con que corre la información en este mundo globalizado provocó, en tiempo real, el mismo efecto en lugares tan distintos como distantes.

La incertidumbre era total y nadie se atrevía a dar una hipótesis sobre lo que podría ocurrir, de ahí en adelante, en materia económica y política.

Los economistas buscaban en vano algún precedente similar, que diera pistas sobre las eventuales consecuencias.

“Todo lo que se puede decir es que el mundo va a ser diferente a partir de hoy”. “Se trata del caos más absoluto”, vociferaban los operadores financieros.

Pero no todo quedó circunsripto a ese día.

La Bolsa de Nueva York, Wall Street – nada menos que el centro financiero del mundo – mantuvo colgado el cartelito “Closed” durante los siguientes cuatro días, en tanto que la enorme herida que dejó el World Trade Center seguía humeando.

En pocos minutos, la bolsa de Alemania se desplomó más de un 9%, la de Milán y París un 7,4%, la de Londres un 5,7% y la de Madrid un 4,6 por ciento.

En América Latina, el Bovespa de San Pablo se derrumbó un 9,2% y el Merval de Argentina un 5,2 por ciento.

En los días siguientes continuó el desplome, que retrotrajo a los índices neoyorkinos a las cifras de tres años atrás.

El sector más golpeado fue el de los seguros, pues compañías como Munich Re (la mayor del mundo) o Axa se hundieron un 18% y un 14%, respectivamente.

Paradójicamente, y como sucede cuando el mundo financiero tiembla, los inversores corrieron al dólar que se fortaleció frente al euro.

No obstante, las opiniones sobre el devenir del billete verde eran diversas: “Puede dejar de ser la moneda de refugio al comprobarse que Estados Unidos es vulnerable al terrorismo”, dijo Norbert Walter, economista jefe del Deutsche Bank.

En la misma dirección, el petróleo (y las empresas vinculadas al sector) subió como espuma, como presagiando la represalia estadounidense en Oriente Medio.

El precio del barril “brent” – provienente del Mar del Norte- se disparó un 13% en cuestión de minutos.

La reapertura de Wall Street se esperó con ansiedad hasta el lunes 17, tras un cierre de cuatro días, que no había ocurrido en los anteriores 68 años.

En la tan esperada “primera rueda” perdió más del 7%.
Al cabo de la primera semana ya acumulaba un derrumbe del 14,4 por ciento.
Tardó dos meses en recuperar los valores previos a la tragedia.

Algo cambió, todo cambió
Los primeros momentos fueron los peores. Los inversores se aprestaban a vivir una hecatombe.

Buscaban vender sus acciones a cualquier precio para colocar el dinero en puertos más seguros, como los bonos del tesoro alemán, americanos, oro y monedas, o bien el franco suizo.

Como se verá, nada ha cambiado en estos diez años. Salvo un aspecto: el tecnológico.

En aquél entonces, el “piso de operaciones” se colmaba de miles de corredores que, a los gritos, lanzaban órdenes de compra o venta.

Pasó el tiempo y hoy la mayoría de las transacciones se realiza electrónicamente. El recinto ya no es el mundo de gente que era.

“Wall Street es hoy mucho más una idea que un lugar físico”, asegura Roy Smith, profesor de la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York.

Inmediatamente después del 11-S, los analistas apostaban a que la élite financiera de Nueva York buscaría refugiarse en lugares más seguros que el sur de la isla de Manhattan.

No se equivocaron pues, una década después, Wall Street es de hecho más pequeña y está más dispersa.

El empleo en el negocio financiero en la ciudad se redujo en 32.000 puestos de trabajo, de los 190.000 de aquél entonces, pero la meca de las finanzas dista mucho de haber quedado desierta.

Instituciones como el NYSE, Deutsche Bank o el Bank of New York mantienen su presencia en la zona, al igual que Goldman Sachs o American Express.

Muchas de las operaciones que hoy se realizan se originan desde oficinas que pueden estar localizadas muy lejos de la Gran Manzana.

En tanto, otras tantas transacciones son ejecutadas por sofisticados programas de computación en línea.

Ni siquiera existe un supervisor que mire las pantallas de tanto en tanto.

Estos cambios no se produjeron como resultado exclusivo del ataque, pero el paso al “nuevo” Wall Street se debe, en gran parte, a este trágico suceso.

Paradojas del destino
Los cuadros de resultados de las compañías se hicieron eco del derrumbe de las torres.

Firmas de primer nivel vieron cómo se redujeron sus ganancias.

Millonarias comisiones que se pactaban – en función de los montos que se operaban – fueron reemplazadas por “fees” de costo fijo.

Y esto, a su vez, puso en marcha una fenomenal revolución y obligó a grandes organizaciones, como el JP Morgan, a cambiar su estrategia comercial y a adaptarse a este nuevo escenario.

Paradójicamente, tales modificaciones ayudaron a gestar el siguiente gran derrumbe (por suerte no asociado a atentados terroristas) como fue años más tarde el colapso de hipotecas.

Es que, gran parte de las instituciones se volcaron a intermediar con bonos o títulos respaldados por créditos hipotecarios que, en definitiva, fueron inflando la burbuja “subprime”.

Y (de nuevo paradójicamente) firmas venerables como Bear Stearns y Lehman Brothers – que incluso ocuparon parte del World Trade Center y el adyacente World Financial Center – lograron reponerse del atentado perpetrado por Osama Bin Laden, pero sucumbieron años más tarde con la “explosión” de las hipotecas.

La quiebra de Lehman, que curiosamente también se dio en septiembre (2008), fue el punto de partida para que una situación de insolvencia de índole privado desembocara en una colosal crisis de deuda pública que, aún hoy, dista mucho de alcanzar una solución.

Es por ello que más allá del horror del ataque a la Torres, visto a la distancia, lo ocurrido a partir del otro septiembre, el del año 2008, tuvo -en términos financieros- implicancias negativas sustancialmente mayores.

Memoria y balance
Tomando como referencia los cierres del día anterior a los ataques, los resultados de los principales índices bursátiles neoyorkinos muestran en la actualidad una gran amplitud.

El que más ha ganado fue el S&P 500, que entre puntas avanzó un 36 por ciento.

11 sep 1

Si se considera la evolución de algunas de las acciones más representativas de los paneles líderes, surgen enormes diferencias entre ellas.

Entre las ganadoras aparecen nítidamente las del sector tecnólogico, con Apple a la cabeza (+374%), seguidas de las petroleras y las de consumo masivo, tal como muestra el siguiente cuadro:

11 s II

En el extremo opuesto se ubican los grandes perdedores de estos últimos diez años: los bancos.

El Bank of America retrocedió un 65% y el Citi nada menos que el 91 por ciento.

Para ellos el 11-S había significado sólo el comienzo de una caída que se prolongaría por varios años.

“Tiempo después del atentado, los mercados comenzaron a repuntar”, comenta Corneille, director de Corneille Agentes de Bolsa.

“Luego llegó la crisis de las hipotecas en 2008 y el índice S&P cayó a los 660 puntos, en un contexto dominado por los grandes estímulos para salvar a los bancos, una deuda que después se trasladó a los países y es el problema que tenemos ahora”, concluye Corneille.

Nota publicada en Iprofesional

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