Europa: los costos de salvar a la banca

por Gabriel Holand

El punto central de discusión en la actual maratón de reuniones entre los dirigentes europeos radica en decidir quién pone el dinero para evitar el colapso del sistema financiero de la UE. Es decir, para evitar el fin de la alianza europea.

En ese entorno, Francia, la nación más comprometida con deuda soberana griega, quiere que el “tío rico” alemán aporte la mayor cantidad de recursos a tal fin.

Mientras tanto, los germanos quieren salvar sólo a sus propios bancos, e invitan a los galos a que arreglen sus propios problemas.

¿Dónde está el espíritu cooperativo de los socios, entonces? Si alguna vez existió, parece que hoy está ausente de las negociaciones.

Otros, más preocupados por los problemas sociales, se preguntan cuál es el límite del ajuste en países como Grecia. La respuesta es sencilla, el apretón fiscal seguirá hasta el punto en que los “ajustados” digan basta.

Con lo cual los políticos tienen un doble problema: por un lado, impedir el colapso bancario y, por el otro, evitar que el descontento les cause un revés en las urnas, o tal vez algo peor.

Porque, por si fuera necesario confirmarlo, las últimas noticias que llegan de Grecia indican que la economía de ese país va de mal en peor. Los helenos sólo contarían con efectivo para funcionar hasta mediados de noviembre según comentan algunos analistas y luego, a menos que reciba nuevos préstamos, deberán apagar la luz.

El cuento de la recapitalización. El tema del día hoy parece ser la necesidad de recapitalización de los bancos europeos. Eso quiere decir que sus patrimonios son insuficientes para continuar en la actividad, debido a las pérdidas que deben asumir por los impagos de las deudas soberanas.

La realidad es que, probablemente ilusionados con su fortaleza política, la normativa bancaria permitió bastante laxitud. Por ejemplo se prevé que los bancos tengan una pequeña porción de caja disponible (o encaje de liquidez) para atender su operatoria habitual.

Así que, cuando los gobiernos europeos ordenaron a los bancos privados la realización del stress test, el porcentaje de efectivo requerido para cubrir la operatoria diaria más las posibles pérdidas derivadas del negocio fue de sólo el 5% del capital. Y esa reserva exigida alcanza exactamente a la mitad de los estándares usuales en el resto del mundo.

Y, aún con toda esa blandura normativa, sumada a algunas otras “dudas” conceptuales acerca de la eficiencia de la medición que se efectuó, ocho bancos europeos desaprobaron el examen.

Asimismo, otro flanco débil es que los bancos se resisten a valuar sus carteras de créditos a precios de mercado porque, por ejemplo, deberían mostrar en sus balances que las deudas griega, española, irlandesa o francesa tienen un precio real mucho menor del que consta en sus contabilidades.

Por eso se habla de recomponer un margen razonable de solvencia, al cual se denomina recapitalización, y que puede llevarse a cabo de diferentes maneras. Por ejemplo, si la banca otorgara buenos créditos, las ganancias emergentes podrían fortalecer el patrimonio de la entidad.

Sin embargo, hoy esa alternativa es inviable en Europa, ya que las compañías mejor calificadas están muy líquidas y sin planes de inversión que las alienten a endeudarse.

Además, los inversores privados difícilmente piensen en aumentar su exposición en Europa. Ni siquiera los bancos de esa región profesan mutua confianza entre sí, de manera tal que los préstamos entre ellos mismos son casi inexistentes.

Así que la ausencia de mecanismos “de mercado” que permitan robustecer el patrimonio bancario por la generación de utilidades propias del negocio nos lleva necesariamente al centro del problema.

Pensemos en ese sentido que las propuestas de los reguladores apuntan a que la “caja” de los bancos, mínimo disponible para levantar la persiana cada día y afrontar malos negocios, debería ser de al menos el 9% de su patrimonio.

Y que, si se alcanzara dicho porcentaje, la percepción de insolvencia sobre las entidades se resolvería y se daría final a todos los ataques especulativos del mercado.

Pero, aunque se aceptara que esa actualización patrimonial impactaría casi mágicamente y diluyera el temor a que muchos bancos europeos se fundan, faltaría entender quién pondría el dinero.

Sistema debilitado. Ahora bien, ya que hoy más del 70% de los bancos de la eurozona están por debajo del nivel patrimonial adecuado, harían falta cerca de 2 trillones de dólares para “espantar el miedo” y robustecer a las entidades.

Además, toda nueva desvalorización de cualquier deuda soberana, crisis de créditos o necesidad de rescate, elevaría esa cifra a niveles difíciles de cuantificar.

De paso, sería útil para las autoridades bancarias de la eurozona preguntarse si la información que brindan los bancos acerca del estado de sus carteras crediticias se ajusta totalmente a la realidad o contiene “errores” de valuación.

Aunque tal vez ya conozcan la respuesta a partir de lo que sucedió, según rumores de mercado, con el Dexia Bank, que recibió el salvamento de los gobiernos de Francia y Bélgica. Porque la contabilidad creativa de esa entidad mostró índices de solvencia que duplicaban a los reales.

Finalmente, y más allá de las “travesuras”, bien podría concluirse que los bancos de la eurozona necesitan urgentemente aporte de dinero para sobrevivir. Y dado que el mercado difícilmente se asocie a las pérdidas, queda sólo el sector oficial para poner el dinero.

Aun así hay quienes sostienen que debería dejar que las “malas entidades” quiebren y así depurar el sistema.

En ese sentido, el caso Lehman sirve de muestra, el costo de tal decisión es desconocido y, por lo tanto, temible.

De esta forma, tal vez los líderes políticos prefieran enfrentar a los ciudadanos indignados y poner dinero público para salvar a entidades privadas antes que exacerbar el descalabro de los mercados financieros.

Y eso podría dar una pista acerca de dónde saldrán los 2 trillones de dólares que, se estima, harán falta para mantener el sistema financiero europeo a flote.

Publicado en Diario BAE

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